La madre que persiguió uno a uno a los asesinos de su hija

Simplemente añadió la llamada a su registro y la reportó.

Pero aquella noche tuvo miedo.

Por primera vez comprendió que quizá alguien estaba observando su búsqueda.

Su hermana le pidió que abandonara las investigaciones personales.

—Puedes ponerte en peligro.

Elena lo sabía.

Pero también sabía otra cosa.

Daniela seguía desaparecida.

—No voy a enfrentarme a nadie —respondió—. Pero tampoco voy a dejar de buscar información.

Desde ese momento nunca volvió a desplazarse sola cuando seguía una pista.

El tercer nombre
Sergio resultó ser todavía más difícil de localizar.

Había decenas de personas con aquel nombre.

Pero una conversación cambió todo.

Un antiguo compañero de estudios de Daniela recordó que ella había mencionado a un Sergio relacionado con vehículos.

Elena comenzó a revisar las notas que había reunido.

Encontró algo.

En el recibo hallado dentro de la mochila aparecía parcialmente una matrícula.

Solo podían distinguirse algunos caracteres.

El dato parecía insignificante.

Hasta que alguien recordó un vehículo que solía estacionarse cerca del lugar donde Daniela había sido vista por última vez.

Las piezas comenzaban a acercarse.

Las autoridades verificaron la información.

Elena no recibió inmediatamente todos los detalles.

Pero días después supo que estaban siguiendo una nueva línea.

Aquello le devolvió fuerzas.

Por primera vez en meses sintió que la búsqueda estaba avanzando.

La habitación permanecía intacta
Mientras todo aquello ocurría, Elena no había cambiado la habitación de Daniela.

La cama seguía igual.

Había fotografías pegadas en la pared.

Un perfume permanecía sobre una mesa.

En una silla estaba una chamarra que Daniela había dejado allí.

Algunas noches Elena entraba.

Se sentaba en la cama.

Y hablaba.

—Estoy buscándote.

Sabía que Daniela no podía escucharla.

Pero necesitaba decirlo.

—No voy a parar.

Después apagaba la luz.

Cerraba la puerta.

Y regresaba a su mesa llena de papeles.

El cuarto nombre
Quedaba uno.

R. Salgado.

Era el nombre más extraño.

No había teléfono.

No había dirección.

Solamente una inicial y un apellido.

Elena buscó durante semanas.

Nada.

Hasta que revisó nuevamente una antigua conversación guardada en una computadora de Daniela.

Había un mensaje:

“Salgado dijo que mañana cambia el lugar.”

Nada más.

¿Quién era Salgado?

¿Qué lugar?

¿Y qué tenía que ver aquello con Daniela?

Elena imprimió el mensaje.

Lo colocó junto a la fotografía de su hija.

Sabía que aquella frase podía significar cualquier cosa.