Un recibo.
Y una libreta.
La mochila coincidía con la descripción de la que Daniela llevaba el día de su desaparición.
Elena fue llamada para reconocerla.
Cuando vio una pequeña marca en una de las correas, no tuvo dudas.
—Es de ella.
Sintió que las piernas le temblaban.
Por primera vez había aparecido algo físico relacionado con Daniela.
Pero la libreta escondía algo todavía más importante.
En una de las últimas páginas había varios números escritos.
Algunos parecían teléfonos.
Otros eran cantidades.
También había cuatro nombres.
Marco.
Iván.
Sergio.
R. Salgado.
Nadie sabía qué significaban.
Pero Elena los memorizó inmediatamente.
Aquellos cuatro nombres se convertirían en el comienzo de su investigación personal.
“Voy a encontrarlos”
Elena sabía que no era investigadora.
Tampoco quería enfrentarse físicamente a nadie.
Entendía que hacerlo podía ponerla en peligro y arruinar cualquier investigación.
Así que decidió hacer algo diferente.
Buscar información.
Hablar con personas.
Documentar.
Y entregar cada dato relevante a las autoridades.
Su arma sería una libreta.
Su protección sería no actuar sola.
Y su objetivo era uno:
descubrir qué había ocurrido con Daniela.
El primer nombre era Marco.
Después de preguntar discretamente durante varios días, Elena descubrió que un joven con ese nombre había trabajado en un negocio que Daniela frecuentaba.
Consiguió una fotografía.
La mostró a una amiga de su hija.
La reacción fue inmediata.
—Sí.
Elena sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Lo conoces?
—Lo vi hablando con Daniela algunas veces.
Era la primera conexión real.
El primer hombre
Marco había dejado aquel trabajo aproximadamente una semana después de la desaparición.
Nadie sabía exactamente por qué.
Un antiguo compañero aseguró que se había mudado.
—¿A dónde?
