Familiares comenzaron a compartir la publicación.
Primero fueron decenas.
Después cientos.
En pocos días, miles de personas habían visto el rostro de Daniela.
Llegaron mensajes desde diferentes lugares.
“Creo que la vi en una terminal.”
“Hay una muchacha parecida trabajando cerca de aquí.”
“Anoche vi a alguien con esa descripción.”
Cada mensaje despertaba esperanza.
Y cada pista falsa terminaba provocando otra caída emocional.
Durante las primeras semanas, Elena prácticamente dejó de dormir.
Su mesa estaba cubierta de papeles.
Había nombres.
Números telefónicos.
Direcciones.
Capturas de pantalla.
Fotografías.
Horarios.
Todo estaba cuidadosamente organizado.
Un familiar le dijo:
—Elena, tienes que descansar.
Ella respondió:
—Descansaré cuando sepa dónde está mi hija.
La mochila
Casi tres semanas después ocurrió el primer descubrimiento importante.
Una persona encontró una mochila abandonada cerca de una terminal de autobuses.
Dentro había objetos comunes.
Un cargador.
Un pequeño espejo.
