Colocada exactamente frente a la mía.
Durante casi cuarenta minutos observé cómo llegaban parejas tomadas de la mano, amigos riendo, matrimonios acomodándose las servilletas mutuamente.
Mi teléfono seguía en silencio.
A las ocho y doce apareció un mensaje.
“Cinco minutos.”
Nada más.
Ni una disculpa.
Ni un “lo siento”.
Cinco minutos se convirtieron en veinte.
Luego en cuarenta.
Cuando comenzó la cena, el asiento seguía vacío.
La mujer sentada a mi derecha, una abogada llamada Melissa, intentó iniciar conversación.
—¿A qué se dedica tu esposo?
—Consultoría financiera.
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