Después de que todos se fueron al salón elegante de Fernanda, el patio quedó como una fotografía triste.
Los globos se movían con el viento. Las sillas seguían acomodadas. Las servilletas estaban dobladas como Mercedes las había dejado. Sobre las mesas, los platillos comenzaron a enfriarse bajo sus tapas, como si también ellos esperaran una explicación.
Entré a la cocina y encontré a mi esposa sentada en silencio.
El mandil ya estaba doblado sobre la mesa.
Eso me dolió más que verla llorar.
Mercedes siempre se quitaba el mandil hasta que todos hubieran comido. Ese día se lo quitó porque nadie había querido comer.
Me senté junto a ella.
“Me quemé a las cuatro”, murmuró.
“Lo sé.”
“Y seguí cocinando.”
“Lo sé.”
“Pensé que si todo quedaba perfecto, Fernanda no tendría de qué quejarse.”
Su voz se rompió.
“Ni siquiera miró la comida.”
Luego dijo lo que de verdad la estaba destrozando:
“Camila tampoco volteó.”
