La noche en que dejó de ser mi esposo-aurelia

Nadie dijo nada.

Pero todos lo pensaron.

Podía sentir las miradas rozándome la espalda mientras entregaba mi abrigo al encargado del guardarropa. El salón brillaba con una elegancia impecable: enormes arreglos de peonías blancas, velas flotando sobre recipientes de cristal y mesas cubiertas con manteles color marfil. Una orquesta interpretaba una versión suave de At Last, y el aroma a rosas frescas se mezclaba con el perfume caro de los invitados.

Sonreí por costumbre.

Era la sonrisa que había aprendido durante años.

La sonrisa que decía todo está bien cuando nada lo estaba.

Una anfitriona revisó mi nombre en la lista de invitados.

—Bienvenida, señora Richardson.

Su mirada volvió a recorrer discretamente la entrada.

—¿El señor Richardson viene en camino?

—Eso parece.

Mentí con una tranquilidad que incluso a mí me sorprendió.

Me condujo hasta la mesa número nueve.

La silla de Asher permanecía vacía.

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