Mi esposa pasó toda la noche sin dormir, preparando 38 platillos para 75 invitados en el cumpleaños de nuestra nieta. Le dolían las manos, pero aun así acomodó cada plato con cuidado.
Todo había empezado veinticuatro horas antes.
Fernanda llegó el viernes por la tarde con una hoja doblada en la mano. Mercedes estaba revisando las cuentas de “La Cocina de Meche”, el pequeño local que teníamos cerca del mercado, y yo acababa de llegar de manejar todo el día en plataforma. Me dolía la espalda desde hacía meses, pero seguía trabajando porque en esta casa nadie se rendía por cansancio.
“Meche, solo necesito que me ayudes con la comida”, dijo Fernanda.
Mercedes abrió la hoja.
No era una sugerencia.
Era una lista numerada.
Treinta y ocho platillos.
“¿Para cuánta gente?”, preguntó mi esposa.
“Como setenta y cinco”, respondió Fernanda. “La fiesta es mañana a las tres.”
Daniel estaba detrás de ella, moviendo el dedo en su celular.
“¿Leíste esto?”, le pregunté.
“Más o menos”, contestó sin levantar bien la cara. “Mamá puede. Siempre puede.”
Mercedes apretó la hoja con cuidado.
Yo la conocía. Cuando ella decía “está bien”, no significaba que algo estuviera bien. Significaba que ya había decidido cargar con lo que nadie más quería cargar.
“No tenemos que hacerlo”, le dije cuando Fernanda y Daniel se fueron.
Mercedes empezó a revisar el refrigerador.
“Es cumpleaños de Camila.”
“Pero esto es abusivo.”
“Camila no escribió la lista.”
Eso me dejó callado.
Fuimos a tres supermercados. Gastamos once mil ochocientos pesos que Mercedes había estado guardando para reparar el horno industrial del local. Llegamos casi a medianoche. Ella se puso el mandil sin decir una sola palabra sobre dormir.
A la una con veinte, Fernanda mandó mensaje: “Se me olvidó que Paty es vegana y que mis primos no comen carne roja. Agrega unas opciones sencillas. Gracias.”
Cinco platillos más.
