La seguridad en su voz era más aterradora que cualquier negación. Porque no sonaba a conjetura. Sonaba a orden.
Pasaste el resto de la noche en el sofá, con una manta envuelta alrededor de los hombros, mirando fijamente el ventilador de techo e intentando no decir el pensamiento que se formaba en el fondo de tu mente.
¿Y si lo sabe?
Te odiabas a ti mismo por siquiera pensarlo.
El matrimonio te enseña a defender a la persona que tienes al lado de tus peores interpretaciones. Incluso cuando las pruebas se acumulan, incluso cuando el instinto empieza a sonar como una alarma, una parte de ti sigue buscando explicaciones más suaves. Estrés. Depresión. Vergüenza. Tal vez había algún problema médico. Tal vez había derramado algo dentro de la cama. Tal vez había escondido la ropa de gimnasia y se le había olvidado. Tal vez tu imaginación, tantas veces insultada, por fin intentaba demostrar que existía.
Pero entonces llegó la noche en que gritó.
Estabas cambiando las sábanas otra vez, esta vez después de cenar, y decidiste girar el colchón. Nada del otro mundo. Solo una de esas tareas domésticas que hacen las parejas los fines de semana y entre semana cuando la vida se vuelve demasiado monótona. Habías levantado una esquina y la habías girado unos centímetros cuando Miguel entró del garaje.
“No.”
La palabra resonó en la habitación con tanta fuerza que te hizo soltar el colchón.
Te giraste, con la mano presionada contra el pecho.
“¿Qué?”
Estaba de pie en el umbral con la bolsa del portátil aún colgada al hombro. Su rostro se había puesto pálido, no de ira, sino de miedo. Luego el miedo se desvaneció y la ira lo invadió.
“Dije que no lo tocaras.”
