Eso también formaba parte de la trampa. Cuando lo extraño irrumpe en la vida doméstica, no lo llamas extraño de inmediato. Lo reduces a algo manejable. Estrés. Fatiga. Falta de comunicación. Presión laboral. Cualquier cosa menos peligro.
Miguel viajaba a menudo por trabajo, algo que antes parecía una de esas molestias de la vida adulta con las que uno, en silencio, se acostumbra a vivir. Era gerente regional de ventas de una distribuidora de electrónica y siempre volaba a Los Ángeles, Dallas, Chicago, a veces a Denver, a veces a San Diego; era el tipo de hombre que acumulaba estatus en aerolíneas, puntos de hotel e historias sobre bares de aeropuerto. En los primeros años de su matrimonio, lo extrañabas cuando no estaba. Más tarde, extrañabas a la versión de él que solía regresar.
Durante el último año, algo en él se había tensado.
Estaba en casa, pero ausente; atento en sus gestos, pero sin energía. Aún te besaba la frente al despedirse. Aún te enviaba mensajes cuando aterrizaba su avión. Aún recordaba qué crema para el café te gustaba. Pero se había vuelto vigilante, con pequeños detalles que agotaban. Protegía su maleta. Era cuidadoso con su teléfono. Siempre evitaba hacer preguntas. Se convirtió en uno de esos hombres que siguen cumpliendo con su rol de esposo mientras, en silencio, se desconectan de su interior.
El olor comenzó a percibirse tres meses después de que nos mudáramos a esa nueva distancia.
Al principio te preguntaste si venía de su equipaje. Luego de sus zapatos. Después de algo en el armario. Pero por más que revisabas, el olor siempre se concentraba en un solo lugar. Su lado de la cama. Profundo, profundo, impregnado.
Una noche, alrededor de las dos de la madrugada, te despertaste con el corazón acelerado.
La habitación estaba oscura, salvo por el rayo de luz anaranjada que se filtraba por las persianas. Miguel roncaba a tu lado, con un brazo cruzado sobre el pecho. El olor era tan fuerte que casi te dieron arcadas. No de forma exagerada. No fue una reacción teatral. Simplemente un repentino espasmo involuntario de la garganta que te hizo llorar.
Te levantaste de la cama y te quedaste allí de pie en la oscuridad, tapándote la boca con la mano.
Olía a plástico húmedo, podredumbre, moho y algo más debajo. Algo metálico y agrio. Algo que había permanecido oculto demasiado tiempo.
Miguel se removió. “¿Qué estás haciendo?”
“No puedo respirar aquí dentro.”
Se giró hacia ti, con el rostro ensombrecido e ilegible. «Ana. Vuelve a dormir».
“Esta cama tiene algún problema.”
“No, no la hay.”
