Se trataba de lo que el colchón sabía.
A la tarde siguiente, el detective Harper llamó.
“Encontramos un informe relacionado con el nombre de Elena Morales”, dijo. “Fue reportada como desaparecida hace nueve años”.
Apretaste el teléfono con tanta fuerza que se te pusieron los nudillos blancos.
“¿Nueve años?”
“Sí. Desaparecida de Flagstaff. La denuncia la presentó su hermana.”
Hace nueve años.
Un año antes de que te casaras con Miguel.
El suelo de tu habitación de hotel bien podría haberse disuelto.
—Desapareció —continuó Harper—. Según el expediente, salió del trabajo un viernes y nunca regresó a casa. Su coche fue encontrado dos días después en el inicio de un sendero. Existía la sospecha de que podría haberse marchado voluntariamente, pero no había nada concluyente.
“¿Y Miguel?”
Hubo un instante de silencio.
“Su esposo fue entrevistado en ese momento. Les dijo a los investigadores que estaban separados.”
Cerraste los ojos.
Apartado.
No está desaparecida. No está muerta. No sigue siendo su esposa. Separada. Una palabra lo suficientemente limpia como para mantener la sospecha a raya. Lo suficientemente flexible como para usarla más adelante con una mujer como tú.
—Mintió —susurraste.
“Estamos investigando eso.”
Pasaste la siguiente hora en el suelo del baño, no llorando exactamente, sino temblando a ratos mientras tu cuerpo intentaba asimilar la magnitud de tu propia vida. El matrimonio es íntimo de maneras humillantes. Son cepillos de dientes uno al lado del otro. Aplicaciones de supermercado compartidas. Pedidos de comida a domicilio favoritos. Una persona que ve tu agotamiento interior y lo llama normal. Darte cuenta de que el hombre a tu lado no solo te había traicionado, sino que había construido todo vuestro matrimonio sobre otra mujer olvidada, fue como descubrir que los cimientos de tu casa estaban hechos de huesos.
Miguel llamó esa noche.
