Introducción atractiva
Déjenme contarles sobre la tarde en que me obsesioné con el dorso de mis propias manos.
Estaba sentada frente a una amiga en una cafetería cuando me agarró la muñeca y me dijo: «Vaya, se te notan mucho las venas». No lo dijo como si fuera algo malo. Lo dijo como si acabara de notar una peca nueva o un cambio en el color de mi pelo. Pero esas palabras se me quedaron grabadas.
Esa noche, no podía dejar de mirarme las manos. Las líneas azul verdosas que serpenteaban bajo mi piel. Cómo resaltaban sobre mi tez pálida de invierno. ¿Siempre habían sido tan visibles? ¿Estaba deshidratada? ¿Me pasaba algo?
