Pasé la semana siguiente observando disimuladamente las manos de otras personas. La del barista. La de mi madre. La del ascensorista. Algunas tenían venas como las mías. Otras no. No encontré ningún patrón, ninguna respuesta, solo una creciente conciencia de que no tenía ni idea de qué era normal y qué no.
Finalmente, le pregunté a mi doctora. Ella se rió (amablemente) y me dijo: «Tienes la piel clara y poca grasa corporal. Es normal que se te vean las venas. No hay problema, es parte de la anatomía».
Todos las hemos notado: esas líneas azules o verdes que recorren nuestras muñecas, manos, piernas o incluso sienes. Para algunos, las venas visibles son un detalle sutil; para otros, son prominentes y sobresalientes, imposibles de ignorar.
Pero, ¿qué significan realmente? ¿Son un signo de buena forma física, de envejecimiento o algo más serio?
