Priya me miró.
“Tienes dos costillas fracturadas, una conmoción cerebral y lesiones importantes en los tejidos blandos. Hablar con un detective es decisión tuya, pero no tienes que demostrar nada esta noche.”
El viejo instinto resurgió de inmediato.
Tengo que demostrarlo.
Había dedicado la mayor parte de mi vida adulta a reunir pruebas.
A los números no les importaba quién contara la mejor historia.
Las transferencias bancarias se realizaron o no se realizaron.
Existían cuentas.
Aparecieron las firmas.
El dinero se movió.
Los hechos permanecieron inmóviles el tiempo suficiente para ser documentados.
La gente era más dura.
La gente creía en el encanto.
Estado.
Un traje limpio.
Una placa de donación.
Miré al detective Ruiz.
“Mi hermano tiene archivos.”
Los ojos de Liam se dirigieron hacia mí.
Ruiz acercó la silla del visitante.
“¿Qué tipo de archivos?”
“Fotografías. Mensajes. Registros financieros.”
“¿Registros financieros relacionados con la agresión?”
“Pariente de Ethan.”
Liam se inclinó hacia adelante.
“Maya.”
Reconocí la advertencia en su voz.
No porque quisiera que me callara.
Porque quería que tuviera cuidado.
Miré a Ruiz.
“¿Puede Ethan oír algo de lo que digo?”
“No.”
“¿Puede irse?”
“En este momento, los agentes están hablando con él. No voy a comentar nada sobre la investigación hasta que hayamos esclarecido las circunstancias. Pero no es necesario que lo vean.”
Tragué saliva.
“Él te dirá que soy inestable.”
Ruiz esperó.
“Dirá que he estado bajo estrés. Que bebo.”
“¿Tú?”
“A veces. Una copa de vino. Esta noche no.”
“Está bien.”
“Él dirá que me confundo.”
“¿Tú?”
“No.”
Mi respuesta fue demasiado rápida.
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