No es una persona.
Desde luego, no el hombre que se interponía entre él y la cama.
—Tú eres Liam —dijo Ethan.
Liam no respondió.
El servicio de urgencias parecía seguir funcionando a nuestro alrededor: teléfonos sonando, ruedas girando sobre suelos pulidos, una voz lejana pidiendo terapia respiratoria; pero dentro de mi habitación, todo parecía estar en suspenso.
Un agente de seguridad apareció en la puerta.
Luego otro.
Liam bajó el teléfono.
“El señor Hayes permanecerá fuera del área de tratamiento hasta que lleguen las fuerzas del orden.”
Ethan soltó una risa corta e incrédula.
“No puedes estar hablando en serio.”
“Soy.”
“Llevé a mi esposa para que recibiera tratamiento médico.”
“Y ella lo está recibiendo.”
“Ella me necesita.”
Por primera vez desde que abrí los ojos, encontré mi voz.
“No.”
Apenas sonaba como una palabra.
Me dolía la garganta.
Mis costillas protestaban al respirar.
Pero Ethan me escuchó.
Todos lo hicieron.
Giró la cabeza.
La mirada que me dirigió duró menos de un segundo. Para cualquier otra persona, podría haber parecido sorpresa.
Sabía que no debía hacerlo.
Había una pregunta en ello.
¿Qué has hecho?
Cerré los ojos.
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