La torta y el golpe
Dennis me miró, y entendí su expresión sin necesidad de palabras. Estaba furioso. Pero esperaba, como siempre esperaban todos, que yo decidiera si el momento se transformaba en confrontación o desaparecía bajo otra porción de puré. Así que traje el postre. Me convencí de que quizás ayudara. El chocolate alguna vez había hecho feliz a Sally. Tal vez una porción pudiera recordarle que estaba permitido desear algo, disfrutarlo y existir cómoda en su propio cuerpo sin que nadie vigilara cada bocado.
Cargué la torta con las dos manos hasta el comedor. Emmy dio un grito de alegría como si le hubiera traído un cofre del tesoro. La cara de Sally se ablandó: «Hiciste mi favorita». «Por supuesto que sí, mi amor». Por un momento, la noche entera pareció detenerse. El glaseado brillaba bajo la luz cálida. Dennis me alcanzó el cuchillo. Corté porciones generosas: una para Emmy, otra más chica para Sally porque ella misma la pidió, una para Dennis y una para mí. Greg dijo que no gracias, y agregó: «Algunos todavía tenemos disciplina». Nadie le contestó.
Deslicé la espátula debajo de la porción de Sally. Cuando ella extendió la mano para pasarla a su plato, Greg se inclinó de golpe sobre la mesa, le pegó un manotazo seco a la mano de su esposa y se rió: «Frená ahí, gordita».
Por un instante no pude procesar lo que había pasado. El sonido del golpe pareció quedar suspendido sobre la mesa. La mano de Sally se retiró como si hubiera tocado una hornalla. Greg seguía sonriendo. «No necesitás esas calorías vacías. Te lo digo por tu salud».
El silencio fue total. Escuché el tenedor de Emmy chocar contra el plato. Escuché mi propio corazón. La cara de Sally se puso roja. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras miraba su falda y se apretaba las manos contra el pecho. Se veía más pequeña que cuando había entrado a mi casa. No físicamente: era como si algo dentro de ella se hubiera plegado hacia adentro, fuera del alcance de todos.
Dennis apretó la mandíbula. Los nudillos se le pusieron blancos alrededor del tenedor. Si Greg hubiera sido un desconocido, mi marido ya se habría levantado. Pero era el esposo de Sally. El padre de Emmy. Y seguía sonriendo, esperando que los demás nos riéramos con él. Emmy tenía el labio inferior temblando. «¿Mami?», susurró. Sally parpadeó rápido y trató de sonreírle. «Estoy bien, bebé». Pero no estaba bien. La voz se le quebró en la última palabra.
